Buddhachannel

Dans la même rubrique

21 de marzo de 2016, por Buddhachannel Es.

El deporte en la infancia

2 dicembre 2015, di Nanny Obame

Precetti buddisti










Instagram





Secciones

El juego de la felicidad (Parte 2)

Martes 28 de septiembre de 2010

Langues :

Parte 1
Juegos de la edad adulta
Está comprobado que las personas con espíritu lúdico envejecen más lentamente y no ven menguadas sus facultades intelectuales. Al contrario, el estímulo constante de la curiosidad les permite afrontar nuevos retos y reinventarse constantemente.

Según ha demostrado John Byers, experto en conducta animal, podemos decir que “la actividad lúdica nos ayuda a esculpir nuestro cerebro. Cuando jugamos, podemos probar experiencias nuevas sin poner en riesgo nuestro bienestar físico o emocional. Estamos a salvo precisamente porque estamos jugando. (…) Al jugar, imaginamos y experimentamos situaciones totalmente distintas y aprendemos de ellas. Podemos crear unas posibilidades que antes no existían. Establecemos nuevas conexiones cognitivas en nuestra vida cotidiana, aprendemos valiosas lecciones y habilidades sin poner nuestra vida en peligro”.

Buena parte del juego al que nos entregamos los adultos consiste en proyectar cómo va a ser nuestro futuro. Jugamos a imaginar cómo sería la casa en la que nos gustaría vivir, o la persona que desearíamos encontrar como pareja. Nuestra fantasía es una especie de campo de pruebas donde ensayamos situaciones y escenarios.

El problema de los que pierden la capacidad de jugar es que con ella pierden también la alegría de vivir y se estancan en rutinas y pensamientos negativos. Por eso, es importante hacer como los niños, que se toman el juego como lo más importante del mundo.

Según el psiquiatra Erik Erikson: “Es humano tener una larga niñez y de personas civilizadas alargarla aún más. Una niñez prolongada hace del ser humano un virtuoso técnico y mental”.

Estudios realizados sobre la demencia senil apuntan que el juego previene el deterioro mental. Hacer ejercicio físico y jugar al ajedrez, o a otras actividades que pongan en movimiento nuestras neuronas, nos proporciona una mayor resistencia a las enfermedades neurodegenerativas. Por lo tanto, deberíamos incorporar el juego a nuestra vida diaria, igual que nos procuramos una buena y saludable dieta.

Desatender esa parte tan fundamental del comportamiento humano atrofia nuestras facultades y nos hace insensibles. Las personas con una actitud poco lúdica padecen los siguientes efectos secundarios:

Se vuelven rígidas y se aferran a ideas preconcebidas que les hacen chocar continuamente con las personas de su entorno.

Pierden interés por la vida y prestan atención a los aspectos más sombríos de la realidad.

Acusan una falta de empatía con su entorno, ya que el juego es una vía para comunicarnos y darnos a conocer.

Adoptan actitudes vegetativas y les cuesta cada vez más relacionarse con el resto del mundo.

De algún modo, cuando dejamos de jugar empezamos a morir.

Un mundo por inventar
La conclusión es que hay que dejar de tomarse la vida con gravedad y recuperar la frescura del jardín de infancia, cuando nuestro día a día era un mundo por inventar.

Juegos para nuestra vida cotidiana

Además de llevar el espíritu lúdico a nuestro trabajo y a nuestras relaciones personales, estos suplementos diarios en forma de juegos ayudan a vivir con optimismo, curiosidad y empatía hacia los demás:

Anticiparnos a lo que sucederá. Tanto si leemos una novela como si estamos viendo una película, imaginar cómo se desarrollará la trama es un ejercicio mental que mantiene engrasadas nuestra capacidad de deducción y nuestra imaginación. Podemos incluso tomar apuntes con nuestras expectativas.

Elegir un arte para seguir jugando. Tocar un instrumento, pintar un lienzo o participar en una compañía de teatro amateur nos transporta a lo mejor de nuestra infancia. Nos permite sentirnos vivos y moldeables, abiertos a nuevas experiencias y posibilidades.

Renovar nuestro círculo de amistades. Cuando compartimos el tiempo libre siempre con las mismas personas, nuestra capacidad para improvisar y sorprender a los demás va menguando porque las relaciones de largo recorrido se anclan a rituales fijos: unas mismas personas que hacen unas mismas cosas. Por eso, es importante dejar entrar savia nueva para refrescar nuestra vida lúdica y social.

Introducir cambios en nuestra rutina. Algo tan simple como cambiar de ruta para ir al trabajo o variar la manera en la que cocinamos sirve para activar los circuitos de la creatividad y alejar el fantasma del aburrimiento. Es útil revisar periódicamente cómo hacemos las cosas y buscar variantes para que nos resulten nuevas y excitantes.

Apagar el televisor. También el ordenador y el teléfono móvil. Estar permanentemente conectados tiene un efecto hipnótico que adormece nuestra capacidad de jugar. En cambio, actividades estimulantes como leer, conversar o crear –en cualquier arte– nos aportan energía y espontaneidad.


Fuente: www.larevistaintegral.com

Tizuko Morchida, doctora brasileña en Ciencias de la Educación, advierte que “la velocidad de los tiempos actuales ha disminuido el espacio de juego y de placer”, lo cual no deja de ser chocante en una sociedad que ha logrado reducir la jornada laboral a un tercio de nuestro tiempo diario. Si pasamos más o menos ocho horas durmiendo, ¿a qué dedicamos las otras ocho?

Lógicamente tenemos muchas obligaciones domésticas y familiares que consumen gran parte de nuestro tiempo, pero si las realizamos desde la creatividad en lugar de dejarnos arrastrar por la rutina, lograremos imprimir ese flujo placentero a todo lo que hagamos.

Tal como predica el experto en educación Anthony J. D’Angelo, “si la vida no te ofrece un juego que valga la pena jugar, busca otro”.

Foro sólo para inscritos

Para participar en este foro, previamente debes registrarte. Gracias por indicar a continuación el identificador personal que se te ha suministrado. Si no estás inscrito/a, debes inscribirte.

Conexióninscribirse¿contraseña olvidada?