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Viernes 5 de junio de 2015

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En Delhi, la organización Butterflies trabaja para que los niños de las calles de la capital india ganen confianza en sí mismos y desarrollen habilidades que les ayuden a vivir en el futuro. Texto y fotos: Heike Freire

Cerca de medio millón de niños y niñas viven y trabajan cada día en las calles de Delhi, y unos 18 millones en toda India. Procedentes, en su mayoría, de zonas rurales desfavorecidas, vienen huyendo de la pobreza extrema, los malos tratos y, en algunos casos, la orfandad. Muchos residen con sus familias en poblados chabolistas hechos con plástico y bambú, entre el lodo, los excrementos de animales y las interminables montañas de residuos. Nunca han pisado una escuela o, simplemente, la han abandonado. Se les puede ver fregando en los hoteles, sirviendo en los cafés, ayudando en las tiendas, limpiando zapatos por las esquinas o vendiendo casi cualquier cosa: fruta, flores, llaveros… También se encargan de llevar cajas en los mercados y maletas, en las estaciones, e incluso recogen basura, aunque estas dos últimas actividades les han sido recientemente prohibidas.

Su jornada de trabajo puede alcanzar las 16 horas por un salario que no llega a un euro al día; lo justo para comer y, tal vez, pagar un refugio donde pasar la noche. A su edad, no sólo soportan la explotación laboral y las penosas condiciones de salud e higiene; sino que también son objeto de numerosos actos de violencia, vejaciones y abusos.

Inmersos en un mundo adulto indiferente y hostil, con escasas muestras de auténtico afecto, o siquiera de empatía, han aprendido a no confiar en nadie porque, mañana, lo más importante es estar vivo.

Asamblea de niños

Butterflies dispone de 15 puntos de contacto situados en calles, plazas, mercados, parques y estaciones de la ciudad, donde acuden con regularidad unos 1.500 menores. La prioridad de los educadores no es enseñarles contenidos académicos, sino conseguir que recuperen la seguridad y la confianza en sí mismos gracias a una atención respetuosa y al desarrollo de habilidades útiles en la vida. Algunos llegan heridos o enfermos y son atendidos en la unidad móvil sanitaria; después, los profesores les invitan a participar en talleres de prevención, donde aprenden a cuidar de sí mismos. Otros, atraviesan situaciones de crisis y precisan ayuda legal o económica. Por último, muchos sólo quieren encontrarse con sus iguales, hablar de sus problemas, jugar o descansar.

En esas conversaciones, los niños van tomando conciencia de su situación, expresan sus opiniones y deseos, imaginan soluciones y organizan acciones educándose. Como afirma Shamshad, de 9 años, “nosotros decidimos lo que queremos aprender”.

El refugio nocturno de Fatehpuri, junto a la estación de tren del viejo Delhi, es uno de los puntos de contacto. Su gran espacio central, decorado en rosa y amarillo, con varias hileras de casilleros metálicos al fondo, donde los niños guardan sus pertenencias, se transforma cada noche en dormitorio colectivo. Aquí tiene lugar, una vez al mes, la Bal Sabha, el consejo de representantes de los grupos. Unos 25 chicos y chicas se sientan en el gran círculo central, mientras los adultos permanecen fuera. Un joven alto y delgado de 16 años, llamado Amin, es elegido coordinador. Sachi, de 12, se ofrece como secretaria y va anotando, en una hermosa escritura hindi, el contenido de la reunión: “Tenemos muchos problemas con la policía –afirma Rajat, de 11 años, que vende fruta en la Kashmere Gate–; “nos golpean sin ningún motivo, nos quitan el dinero y nos amenazan con arrestarnos”.

Un racimo de manos morenas se levanta con observaciones parecidas. “El jueves, un agente golpeó a Chirag en la cabeza”, cuenta Dildar. Murmullo de voces que Amin logra silenciar, recordando los turnos de palabra. “¿Por qué nos maltratan si no hacemos nada malo?”, pregunta Ram. Zaved, que se ha entrevistado recientemente con la policía, informa: “Se quejan de los niños que roban y recogen basura.”

Vipan lamenta el comportamiento irresponsable de algunos compañeros: “Esnifan pegamento en la estación y, cuando la policía se acerca, no son capaces de manejar la situación.” Amin, por su parte, asegura: “Desde que voy limpio y aseado, los maderos ya no me molestan.” Así se pasa a la fase de búsqueda de soluciones: “Cuida tu aspecto. Si un agente te llama, no intentes escapar, preséntate, dile dónde trabajas, el nombre de tu educador y el teléfono de la asociación.” Son las principales recomendaciones. Finalmente, la asamblea termina con varios anuncios: la organización de un picnic, una vacante de entrenador deportivo, las reuniones del grupo de teatro, la emisora de radio y el periódico.


Leer el artículo completo: www.larevistaintegral.com




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