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¿Con qué derecho nos dicen que esta es la realidad? - Ricardo Sasaki

Jueves 8 de julio de 2010, por Buddhachannel España

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¿Con qué derecho nos dicen que esta es la realidad ?
Ricardo Sasaki



Existe una barrera, hombres de este siglo que somos, que nos impide acceder a la comprensión de muchas de las costumbres y formas de conocimiento de culturas diferentes a la nuestra. Cuando oímos hablar de «culturas antiguas» inmediatamente evocamos hábitos extraños, rituales llenos de superstición y fantasía, visiones del mundo muy diferentes y curiosas con relación a la nuestra, la cual, a su vez, nos parece mucho más «coherente y racional».

¿Por qué es tan difícil este contacto entre el mundo moderno y científico y el mundo llamado antiguo o tradicional? ¿Por qué este parece tan extraño y aquel tan próximo y hasta incluso más coherente?

Parece que una de las diferencias reside en el hecho de que, hoy, «coherencia y razón» significan mucho más una precisión cuantitativa que una realidad cualitativa, y esto requiere de una explicación.

En la era de las máquinas de precisión, de las computadoras y calculadoras, la inteligencia fue asimilada a la eficiencia y la sabiduría a los números. Si un hombre realiza su trabajo de un modo preciso, posee datos «exactos» y obtiene todo el lucro y provecho que tal actividad le puede rendir, será calificado de inteligente. ¡Nuestro mundo no tiene lugar para sabios sino solamente para hombres expertos y eficientes! Si un médico dice que tal paciente tiene x/y de presión, su tasa de algún agente químico es x % y que, estadísticamente, un décimo de los hombres de más x años presenta estos coeficientes, nadie se negará a llamarlo sabio, ¡un orgullo del conocimiento científico! ¡Con qué facilidad se confunde la posesión de datos cuantitativos con la verdadera comprensión de un proceso!

El ejemplo de la memoria de guardar información y mostrarla al público pasó a ser mucho más importante que la intuición, la bondad, el carácter y, principalmente, la capacidad de comprender profundamente el asunto. Este mundo que da valor a números y cifras corre el riesgo de acabar perdiéndose en ellas...

La valorización de la cantidad y su consecuente producción acelerada crece en sentido inverso a la calidad.

A falta de compresión se apela a soluciones inmediatistas y hasta incluso milagrosas. Vivimos en la era de los «instant books», de la «iluminación y felicidad en cinco lecciones», de los aparatos y personas descartables. Todo es rápido, todo debe ser rápido. La valorización de la cantidad y su consecuente producción acelerada crece en sentido inverso a la calidad.

Por más absurdas que encontremos ciertas costumbres de otras culturas, hay algo que no podemos negar: todas dicen que el mundo no es sólo una masa de informaciones puramente cuantitativas. Un viento del norte es diferente a un viento que viene del sur, y el canto de un pájaro anuncia algo diferente que el canto de otro. En las ciencias antiguas esto es muy importante, pues los diversos elementos de los cuales ellas tratan no son simples datos informativos y difieren sobre todo en calidad. Los colores, por ejemplo, no son solamente bandas de ondas mayores o menores que se distinguen por ciertas características meramente cuantitativas. Son distintos cualitativamente como todo artista perspicaz lo sabe. Más aún, obedecen a una armonía y estructura que pueden ser aplicadas igualmente a otros ejemplos. Los colores, así como la dimensión espacial de nuestra vivencia cotidiana, con sus seis direcciones (izquierda-derecha, arriba-abajo, adelante-atrás) participan de una misma estructura. Tuvimos ya en otra oportunidad la ocasión de explorar mejor esta estructura cualitativa que Raimond Abellio denominó «estructura absoluta» [1].

Los sonidos y sabores, como todo el espectro de datos sensoriales, pueden igualmente ser clasificados cualitativamente y es en función de esto que una medicina china, ayurvédica o tibetana puede existir. Basta mencionar la teoría china de los cinco movimientos aplicada a la comprensión de las dolencias y sus curas.

Ya el mundo actual, y principalmente la ciencia de nuestros días, sustenta como presupuesto básico que el mundo o la realidad es todo aquello que puede ser medido y pesado. ¡Lo que no puede ser expresado por cifras simplemente no existe! La realidad está dada por la capacidad que determinado individuo tiene de agarrarla con sus manos, en el sentido más material posible. Tomando la naturaleza puramente sensible e incluso corporal de la realidad, el hombre moderno limita su campo de estudio e investigación a solamente un nivel de observación, cual sea, el mundo que es posible percibir por los sentidos.

Tal visión estrecha del pensamiento científico moderno es algo que viene siendo percibido en los últimos años. Grandes filósofos y pensadores, preocupados por el rumbo que la ciencia académica viene tomando en los últimos tiempos, se han dedicado a proferir conferencias y publicar libros y artículos con el fin de mostrar los peligros de la visión del mundo implícita en la ciencia. Titus Burckhardt, por ejemplo, escribió un fuerte artículo criticando sus abusos. Él dice: «...La ciencia moderna nos pide para sacrificar buena parte de aquello que nos brinda la realidad del mundo, ofreciéndonos a cambio esquemas matemáticos cuya única ventaja es ayudarnos a manipular la materia en su propio plano, el de la cantidad» [2].

Todo lo que no puede ser medido o pesado sensiblemente es rotulado sumariamente de «no científico» y, de este modo, colocado fuera del campo del conocimiento humano. Con esto la ciencia se coloca en una posición autoritaria y censora, impidiendo que todo aquello que no siga sus propias reglas pueda ser considerado.

Uno de los libros más impresionantes, en este sentido, se llama «El Hombre y la Naturaleza» [3], donde el autor expone con suma claridad todos los presupuestos que son necesarios aceptar de antemano para que el edificio científico pueda ser construido y aceptado como verdadero. El libro fue escrito con el fin de mostrar la relación del hombre con la naturaleza, en el correr de los tiempos, y para esto dedica todo un capítulo para mostrar el papel de la visión científica en la devastación del ambiente natural y en cuánto contribuyó al desequilibrio ecológico actual.

Y esto está claro. A partir del momento en que no se ve en la Naturaleza más que un aglomerado de materia, su existencia solamente se justifica por su potencial económico y su utilidad. De ahí a la devastación pura y simple no se necesita mucho.

Decía el jefe indio Seathl: «...Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro modo de ser. Para él una porción de tierra es igual a todas las otras. Porque él es un forastero que viene de noche y roba de la tierra todo cuanto necesita. La tierra no es su hermana sino su enemiga, y después de conquistarla y agotarla prosigue su camino. Deja atrás el túmulo de su padre sin remordimientos de consciencia. Rapta de la tierra aquello que sería de sus hijos y no lo piensa dos veces. Olvida las sepulturas de los antepasados y los derechos adquiridos de sus hijos. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el cielo, como cosas que pueden ser compradas, saqueadas, vendidas como carneros o collares coloridos. Su apetito terminará por devorar la tierra dejando tras de sí solamente un desierto» [4].

No es exagerado, de este modo, llamar a la ciencia y al hombre moderno idólatras, pues, a partir de una parte, la parcela mensurable, se juzga el todo. ¡Toman aquello que no es más que una banda de la realidad y la elevan a matriz explicativa de toda la realidad! Y esto cuando no escogen idolatrar un fenómeno particular de esa banda para explicar todo el comportamiento del hombre, de la sociedad, las civilizaciones y religiones, como es el caso del psicoanálisis, cuando apela a la libido o energía sexual para hacer el papel de llave explicativa de casi todo. Psicología, ciencia y filosofía occidentales tan fácilmente se dan las manos en sus visiones reduccionistas.

Como dice Frithjof Schuon, profundo conocedor de las culturas no modernizadas y tradicionales: «...No es más el intelecto humano sino las máquinas –o la física, o la química, o la biología– quienes deciden qué es el hombre, qué es la inteligencia, qué es la verdad» [5]. ¡Como si el efecto, pues las diversas ciencias no son más que manifestaciones de posibilidades contenidas en el propio intelecto humano, pudiese imponer algún juicio a su causa o como si el instrumento pudiese juzgar a su creador!

¿Pero no es justamente de eso que los hombres de hoy acusan a los pueblos de la antigüedad? El primitivo inventa cualquier muñeco, un «símbolo» imaginario, fruto de su mente fértil, o un nombre extraño y, enseguida, hace de él su dios, su tótem, aquel que lo protege, lo juzga y a quien presta homenaje y honra...

Este tótem que es, en realidad, el «dios» del mundo moderno proyectado sin ceremonia en la espiritualidad de las culturas tradicionales, puede revelarse hoy bajo los nombres más extraños, como teoría de la evolución, historicismo, ciencia, economía, lucro, democracia o progreso. Palabras mágicas que pocos siquiera saben, de hecho, qué significan, pero que sirven como ídolos y llaves explicativas para todo. Hasta incluso se producen guerras en nombre de estos dioses. ¡Y son los pueblos no occidentales modernos que son llamamos primitivos!

Otro problema que surge en la investigación científica, tal como es conducida actualmente, viene de la confusión entre la percepción normal y la percepción común. La idea que la ciencia –y sus diversas modalidades– tiene del hombre es siempre limitada, pues está constituida a partir de patrones limitados. Siendo así, su comprensión es necesariamente imperfecta. No pudiendo conocer acerca de la percepción normal y natural del hombre, por estar fuera de sus dominios, la ciencia establece que aquello que debe servir como patrón de verdad para todo el mundo de los fenómenos es la percepción común, o más aún, la media de las opiniones a respecto de tal o cual asunto. De ahí el gran estímulo a las estadísticas, como si la opinión de la mayoría pudiese servir de criterio objetivo y lógico. Es la diferencia que existe entre buen sentido y sentido común. ¡Palabras casi iguales, pero qué abismo las separa! Aquí se sitúa, además, uno de los peligros de la visión actual de la democracia, con su ilusión de que la opinión de la mayoría está más cerca de lo que es correcto y verdadero. ¡Triste confusión entre cantidad y calidad!

En vez de tomar el modelo de arriba, de arquetipos universales, el mundo moderno lo toma de abajo, de opiniones individuales de cantidad.

La base para la percepción correcta de la realidad no puede ser jamás la media de la percepción colectiva existente, sino únicamente el máximo al que la percepción humana puede llegar, su ápice, pues de no ser así, se estaría cometiendo el error de, a partir de cantidades (las diversas percepciones u opiniones) deducir cualidades (tal o cual aspecto de la verdad), ¡lo que sería un contrasentido!

En vez de tomar el modelo de arriba, de arquetipos universales, el mundo moderno lo toma de abajo, de opiniones individuales de cantidad. Además, se nivela hacia abajo la capacidad humana al definirla como la media de las capacidades de individuos específicos, pues es sabido que, en estadística, la cantidad «empuja» hacia abajo a la calidad [6]. Es el efecto de la gravedad y la necesidad estructural lo que hace que la base de la pirámide (la cantidad) sea siempre más pesada que su tope.

Pero, como bien ya dijeron: «...En una sociedad que está impregnada de la idea de que el hombre es un mono con una inteligencia apenas por encima de lo normal, iniciativas que no quepan en este modelo zoologista son, a lo sumo, toleradas como hobbies particulares e inofensivos». En efecto, debemos contentarnos con saber que, psicológicamente, según definición de un psicólogo de la línea comportamental (la más «científica» de las líneas de psicología): «...Los niños son agrupamientos de respuestas y fuentes de estímulos internos y, funcionalmente, son tubos digestivos circundados por vainas de músculos y piel» [7].

Jamás en otras épocas se consideró que el hombre fuese tan poco. Al mismo tiempo, y curiosamente, podemos decir también que, en otras épocas, jamás se pensó que el hombre fuese tanto, ¡pues el hombre moderno occidental considera a esta pobre autoimagen suya como si fuese la cumbre de la evolución y progreso de la humanidad!

El hombre actual ya no vive en un universo. El mundo unificado se acabó para él.

Juzgando el todo a partir de partes, la ciencia moderna prosigue su camino a través de sucesivos parcelamientos, sucesivas divisiones. Esto es llevado a tal punto que es imposible llegar por medios «científicos» a cualquier conclusión acerca del control del medio ambiente, pues la ecología y la naturaleza son un todo, y solamente a través de una comprensión global se puede llegar a estudiarlas, lo cual es imposible para el modo científico actual de pensar, que sólo actúa por fragmentaciones y divisiones, separando los problemas en múltiples «problemitas» a ser resueltos por separado.

El hombre actual ya no vive en un universo. El mundo unificado se acabó para él. Vive en un «pluriverso», múltiples «munditos» separados entre sí, tan incapaces de comunicarse, como lo está este mismo hombre con aquello que le es más verdadero y natural. Mundos en transformación, destituidos de toda base sólida o estabilidad. Verdadero caos que se eleva ante los ojos humanos. Multiplicidad y desagregación que se intenta compensar con visiones y paisajes aún más efímeros y pasajeros, como lo son las diversas hipótesis «científicas» y creencias de esta gente que, en vano, espera encontrar en ellas algún punto fijo.

Pero estos mundos, divididos en sí y entre sí, no son más que el reflejo del hombre en conflicto consigo mismo, pues el mundo y la naturaleza son el reflejo del corazón humano, alejado hoy de la Verdad y de todo principio superior.


Notas

[1] Ver nuestro trabajo: Sasaki, Ricardo. «O Caminho Contemplativo». Petrópolis, Vozes, 1995. Cap. 9, «O Papel de Orientação na Experiência Meditativa», para mayores detalles sobre la estructuración cualitativa de los colores.

[2] Burckhardt, Titus. «Cosmology and Modern Science». Tomorrow, verano de 1964, p. 186.

[3] Nasr, Seyyed H. «Man and Nature». London, George Allen & Unwin Ltd., 1968. También en la agotada edición brasileña de 1977 de Zahar.

[4] «Carta de 1850 del Jefe Seathl de la Tribu Sushuahish al Presidente de los Estados Unidos de América».

[5] Schuon, Frithjof. «Understanding Islam». London, Perennial Books, 1963, pp. 32-3. Rev. Ed. 1994.

[6] Ver: de Carvalho, Olavo. «Astrologia e Ciência». São Paulo, Escola Júpiter, 1980.

[7] Wilson, E. D. «Da Natureza Humana», Cap. 3. São Paulo, Queiroz/Edusp.

Bienestar, un asunto de ser menos - Ricardo Sasaki


Ricardo Sasaki, «Karuna - Revista de Estudos Buddhistas» Nº 1, Edições Nalanda, Belo Horizonte, 1999. Traducción: Alejandro P. de León, Buenos Aires, 1999. Revisión: 05-Abr-2006.

Fuente: http://appamadanet.webs.com

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