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Reaprendizaje del encanto - Sharon Salzberg

Lunes 29 de abril de 2013, por Buddhachannel Es.

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Reaprendizaje del encanto
Sharon Salzberg




El capullo
simboliza todas las cosas,
incluso aquellas que no florecen,
pues todo florece por dentro, por su propia gracia.
Aunque es necesario
volver a enseñar a una cosa su encanto,
poner una mano en la cresta
de la flor
y tornar a explicarle con palabras y el tacto,
que es encantadora,
para que florezca de nuevo, por dentro, por su gracia.
Galway Kinnell

«Volver a enseñar a una cosa su encanto» es la naturaleza de mettā. A través del amor incondicional, cualquier ser y cualquier cosa puede de nuevo florecer por dentro. Cuando recobramos el conocimiento de nuestro propio encanto y del de otros, la gracia propia surge de un modo natural y bello.

Mettā, que cabe traducir del pāḷi como «amor» o «amor desinteresado», es el primero de los brahma-vihāras, las «moradas celestiales». Los otros –compasión, alegría compartida y ecuanimidad– proceden de mettā, que fortalece y ensancha esos estados.

Cuando en nuestra cultura hablamos de amor, nos referimos habitualmente a la pasión o el sentimentalismo. Resulta crucial distinguir mettā de esos dos estados. La pasión se halla enturbiada por el deseo de posesión. Se confunde con la necesidad de que algunas cosas sean de una cierta manera, con el cumplimiento de nuestras expectativas. La esperanza de un intercambio que subyace, las más de las veces, en la pasión es tanto condicional como frustrante en definitiva: «Te quiero mientras que te comportes de los siguientes quince modos, o en tanto que, a cambio, me quieras tanto como yo a ti». No es una coincidencia que la palabra «pasión» proceda del término que en latín designa «sufrimiento». El deseo y la expectativa suponen inevitablemente un padecimiento.

En contraste, el espíritu de mettā es incondicional, abierto y carente de estorbos. Como el agua vertida de una vasija a otra, mettā fluye libremente, adoptando la forma de cada situación sin alterar su esencia. Es posible que una amiga nos decepcione; quizá no cumpla nuestras expectativas, pero no abandonamos por eso su amistad. Podemos, de hecho, decepcionarnos a nosotros mismos, no cumplir nuestras propias expectativas, pero no dejamos la amistad de nuestra propia persona.

El sentimentalismo, el otro sentimiento que se disfraza de amor, es realmente un aliado del engaño. Constituye un facsímil de la solicitud que se limita a las experiencias del placer. Como cuando se observa a través de la lente de una cámara untada con un poco de vaselina, el sentimentalismo concibe las cosas bajo un «foco vago». No podemos ver las aristas cortantes, los puntos conflictivos o los defectos. Todo se presenta maravilloso. El dolor resulta insoportable para el sentimentalismo y, en consecuencia, lo rechaza.

Nuestra visión se torna muy angosta cuando necesitamos que las cosas sean de una cierta manera y no podemos aceptarlas tal como realmente son. El rechazo opera casi como una especie de narcótico, y, en consecuencia, prescindimos de partes vitales de nuestra existencia.

Es el miedo al dolor lo que suscita y sostiene esta escisión de parte de nosotros mismos. Para evitar la experimentación del dolor, cerramos porciones cruciales de la conciencia, aunque sea mortal esta clausura, esta separación interna.

En ocasiones, sacrificamos quizá la verdad para afirmar nuestra identidad o con el fin de mantener nuestra sensación de pertenencia. Todo lo que amenace a estos fines provoca miedo y ansiedad, así que lo rechazamos, lo eliminamos de nuestros sentimientos. El resultado final de esta pauta es la deshumanización. Nos marginamos de nuestra propia vida y nos sentimos además muy distanciados de otros seres vivos. Al perder el contacto con nuestra vida interior, nos tornamos dependientes de los vientos mudables del cambio externo para conseguir un sentido de quiénes somos, de lo que nos interesa y lo que valoramos. El miedo al dolor del que intentamos escapar se convierte, de hecho, en nuestra constante compañía.

El Buddha nos enseñó la meditación de mettā como un antídoto del temor, como un modo de superar un miedo terrible en cuanto surge. Resulta posible que la cualidad del amor incondicional penetre incluso en una mente rebosante de temor. Más todavía, una mente saturada por el amor incondicional no puede quedar subyugada por el miedo; aunque surja, no llegará a dominarla.

Cuando practicamos mettā, nos abrimos continuamente a la verdad de la experiencia real, proporcionando vida a nuestra relación. Mettā –el sentido del amor que no está ligado al deseo, que no aspira a que las cosas sean de un modo distinto al que son– supera la ilusión de la separación, de no ser parte de un todo. Por eso se impone a todos aquellos estados que acompañan al error fundamental de la separación –miedo, alienación, soledad y desesperación–, sentimientos todos de fragmentación. En su lugar, la comprensión genuina de la vinculación aporta unificación, confianza y seguridad. A través de la fuerza del amor, y al tocarlas, se tornan cenizas las supuestas barreras entre nosotros y los demás.

Mettā es la capacidad de abarcar todas las partes de nuestro ser, así como todas las partes del mundo. La práctica de mettā ilumina nuestra integridad interior porque nos alivia de la necesidad de rechazar aspectos diferentes de nosotros mismos. Podemos abrirnos a todo con la fuerza curativa del amor. Cuando sentimos el amor, nuestra mente se expande y abre lo suficiente para incluir la totalidad de la vida con plena conciencia, tanto en sus placeres como en sus dolores. No nos sentimos traicionados por el dolor ni dominados por este, y cabe así establecer contacto con lo que se halla incólume dentro de nosotros, sea cual fuere la situación. Mettā cuida verdaderamente de que nuestra integridad permanezca inviolada en cualquier situación de la vida. Ya no es preciso que temamos nada. Somos todo: nuestra felicidad más honda es intrínseca a la naturaleza de la mente, y no queda menoscabada por la incertidumbre y el cambio.




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