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Un mensaje de ayuda - Ven. Nyāṇaponika Thera

Viernes 24 de octubre de 2014, por Buddhachannel Asia

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En la época actual, y tras dos guerras mundiales, la historia parece repetir su lección a la humanidad en voz más alta que nunca, porque la turbulencia y el sufrimiento que, lamentablemente, son por lo general equivalentes a la historia política, van afectando, directa o indirectamente, a un sector cada vez más amplio de la humanidad. Y, sin embargo, no parece que estas lecciones se estén aprendiendo mejor que antes. Para una mente atenta, un hecho aún más impresionante y desgarrador que todos los numerosos ejemplos singulares de sufrimiento producidos por la historia reciente es la extraordinaria y trágica monotonía de conducta que inclina a la humanidad a prepararse otra vez para un nuevo asalto de esa delirante locura llamada guerra. El mismo viejo mecanismo está en marcha otra vez: la interacción de la codicia y el miedo. El ansia de poder o el deseo de dominar son apenas refrenados por el miedo: el miedo a los instrumentos de destrucción, enormemente perfeccionados por el mismo hombre. Sin embargo, el miedo no es un freno muy seguro para los impulsos del hombre y envenena constantemente la atmósfera, creando un sentimiento de frustración que de nuevo atizará las llamas del odio. Pero los hombres siguen sin hacer más que atender futilmente a los síntomas de su enfermedad y permanecen ciegos a las fuentes de la misma, que no son otras que las tres potentes «raíces de todo lo pernicioso» (akusala-mūla) señaladas por el Buddha: codicia, odio y ofuscación.

A este insano y verdaderamente demencial mundo nuestro le llega una antigua enseñanza de sabiduría eterna y guía segura: el Buddha-Dhamma, la Doctrina del Iluminado, con su mensaje y su poder de curación; llega con la seria y compasiva, pero tranquila y discreta pregunta de si, esta vez, las gentes del mundo estarán dispuestas a asir la auxiliadora mano que el Iluminado ha extendido a la humanidad sufriente a través de su enseñanza intemporal. O ¿esperará el mundo otra vez hasta conseguir que se desencadene una nueva y aún más horrible prueba que puede muy bien acabar en el ocaso definitivo, material y espiritual de la humanidad?

Las naciones del mundo parecen irreflexivamente dar por sentado que sus reservas de fuerzas son inagotables. Contra tan injustificada creencia está la ley universal de impermanencia, el factor del cambio incesante, que con tanto vigor enunció el Buddha. Esta ley de impermanencia incluye el hecho mostrado por la historia y la experiencia diaria, de que las oportunidades exteriores para la regeneración material y espiritual, así como la fuerza vital y la preparación interior necesarias para ello, nunca son ilimitadas, ni para los individuos ni para las naciones. ¡Cuántos imperios tan poderosos como los actuales no se han desmoronado y cuántos hombres, a pesar de su arrepentimiento y «buenas intenciones», han tenido que enfrentarse a un implacable «demasiado tarde»! Nunca sabemos si no será este preciso instante o esta presente situación la que nos abre las puertas de la oportunidad por última vez. Nunca sabemos si la fuerza que todavía sentimos latiendo en nuestras venas, aunque débil, no será la última capaz de sostener nuestra lamentable situación. De aquí que este preciso instante sea el más precioso. «¡No dejes que se te escape!», advierte el Buddha.

El mensaje del Buddha llega al mundo como método eficaz de ayuda para los problemas y aflicciones del día presente y como cura radical para el siempre presente mal. En la mente del hombre occidental puede surgir la duda de cómo puede ayudarle en sus problemas actuales una doctrina del lejano y extraño Oriente. Y habrá incluso en el Oriente quien se pregunte cómo palabras dichas hace 2500 años pueden tener aplicación en nuestro «mundo moderno», salvo en un sentido muy general. Aquellos que alegan la distancia en el espacio (queriendo con ello, en realidad, significar diferencias de razas) deben preguntarse si Benarés es realmente más extraña a un ciudadano londinense que Nazareth, de donde surgió una enseñanza que ha llegado a ser parte familiar e importante de la vida del mismo ciudadano. Deben también admitir que las leyes matemáticas, establecidas hace largo tiempo en la lejana Grecia siguen teniendo hoy la misma validez, tanto en la Gran Bretaña como en cualquier otra parte. Son precisamente esos objetores los que deben considerar el gran número de factores básicos de la existencia que son comunes a toda la humanidad, ya que estos, de los que habla sobre todo el Buddha, que objetan la distancia en el tiempo, recordarán, sin duda, muchas palabras de oro de sabios y poetas muertos hace mucho tiempo, que pulsan cuerdas tan profundas y afines en nuestros propios corazones que nos hacen sentir muy vívidamente en vivo e íntimo contacto con aquellos grandes hombres que dejaron este mundo hace mucho tiempo. Tal experiencia, contrastada con el insensato parloteo «de actualidad» de la sociedad, la prensa o la radio, comparada con aquellas antiguas voces de sabiduría y belleza, parece emanar del nivel mental del hombre de la edad de piedra aderezado a la moda de hoy. La verdadera sabiduría es siempre joven y está siempre al alcance de una mente abierta que se ha esforzado por ponerse a la altura y se ha ganado la oportunidad de escucharla.


Nyāṇaponika Thera, «El Corazón de la Meditación Budista», Eyras, Madrid, 1982.
Fuente: appamadanet.webs.com




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